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Quitar gomina castigar

Cómo quitar la gomina sin castigar el pelo al lavarlo

Cómo quitar la gomina sin castigar el pelo al lavarlo

La gomina está pensada para quedarse quieta todo el día, así que no es raro que se resista un poco al meter la cabeza bajo el grifo. El problema no suele ser quitarla, sino cómo la quitamos: agua muy caliente, mucho champú y frotar sin miramientos. Ese método acaba con el producto, sí, pero también con la grasa natural que protege el cuero cabelludo. Hay otra forma de hacerlo, más suave con el pelo, y pasa por entender qué es exactamente lo que estás intentando disolver.

Qué es lo que se queda pegado al pelo

La gomina y el gel fijan formando una película de polímeros que envuelve cada pelo y lo mantiene en su sitio cuando se seca. Son productos de base acuosa, lo que en teoría quiere decir que el agua los disuelve. Y lo hace, pero con matices. Si aplicas producto varios días seguidos sin lavar de por medio, las capas se suman y la película se vuelve más gruesa y menos soluble. A eso se añade lo que la película atrapa durante el día: polvo, grasa del cuero cabelludo, células muertas. El resultado es una costra que ya no es solo gomina y que pide algo más que un chorro de agua. Los productos de gel, fijador y gomina comparten esa base acuosa, así que el método de lavado es el mismo para los tres.

Con la cera la cosa cambia, porque su base es grasa y el agua resbala sobre ella. Eso lo vemos más abajo, porque se quita de otra manera.

El paso que casi nadie hace: cepillar en seco

Antes de entrar en la ducha, cepilla el pelo seco con un cepillo de púas separadas o con un peine de púas anchas. La película de la gomina es rígida, y al cepillarla se rompe en escamas y se desprende buena parte del producto sin tocar el agua. Todo lo que quites en seco es champú que no necesitarás después y frotado que el pelo se ahorra. Hazlo con calma, de puntas a raíces y sin tirones, porque el pelo con gomina va pegado entre sí y se enreda con facilidad.

Agua tibia y tiempo, no agua caliente y prisa

El primer impulso es abrir el grifo del agua caliente, porque el calor disuelve las cosas. Es verdad que ablanda la película antes, pero también funde y arrastra los lípidos que protegen el cuero cabelludo, y hace que la fibra capilar se hinche más de la cuenta. El pelo mojado absorbe agua y se hincha; cuanto más caliente está el agua, mayor es ese hinchado, más se levanta la cutícula y más áspero y enredado queda el pelo al secarse. El agua tibia hace el mismo trabajo de disolución, solo que más despacio y sin ese coste.

Lo segundo es dar tiempo. Moja bien el pelo y dedica un minuto a empaparlo y a deshacer la costra con las yemas de los dedos antes de echar champú. Si el agua no llega a todo el producto, el champú actuará solo sobre la superficie y la capa de abajo seguirá ahí. Esa es la razón de que a veces salgas de la ducha con el pelo todavía tieso en la raíz.

Dos lavados suaves en vez de uno agresivo

El champú limpia gracias a los tensioactivos, unas moléculas que por un extremo se agarran a la grasa y la suciedad y por el otro se dejan arrastrar por el agua. No limpia más por frotar más fuerte: limpia más cuanto mejor contacto tiene con lo que debe arrastrar. Por eso funciona mejor repartir una cantidad pequeña, masajear el cuero cabelludo con las yemas (no con las uñas, que solo irritan la piel) y aclarar. Si al aclarar notas el pelo todavía pastoso, repite con otra poca cantidad. El primer lavado se lleva el grueso; el segundo, lo que queda.

Este sistema es mejor que recurrir a diario a un champú de limpieza profunda. Esos champús arrastran también la grasa propia, y el cuero cabelludo responde produciendo más para compensar, con lo que acabas con el pelo graso antes y con la misma necesidad de lavarlo. Tienen su sitio como limpieza puntual, una vez por semana o cada dos si usas mucho producto, pero no como rutina.

Si usas cera, el orden cambia

La base de la cera es grasa, y la grasa y el agua no se mezclan: si mojas primero el pelo, estás poniendo una capa de agua entre el champú y la cera, y el champú apenas la toca. El truco está en aplicar el champú directamente sobre el pelo seco o apenas húmedo, masajearlo para que los tensioactivos se mezclen con la grasa del producto y solo entonces añadir agua poco a poco, emulsionando, hasta que haga espuma y arrastre todo. Puede necesitar dos pasadas, y aun así es menos agresivo que frotar el pelo empapado durante cinco minutos.

Otra opción que funciona por el mismo principio de que lo graso disuelve lo graso es pasar primero acondicionador por el pelo seco, dejarlo actuar un par de minutos y lavar después. Y no todas las ceras son iguales: en la sección de ceras para el pelo hay unas más untuosas y otras más ligeras, y eso influye en lo que cuestan de retirar.

Después del champú: acondicionador y un secado sin fricción

El pelo recién lavado está en su momento más frágil: hinchado de agua, con la cutícula levantada y con los enlaces internos que le dan rigidez debilitados por la humedad. Frotarlo con la toalla en ese estado es pasarle una superficie rugosa a una fibra vulnerable: se levantan más escamas, aparecen puntas abiertas y el pelo se rompe. Mejor apretar el pelo con la toalla, sin retorcer ni frotar, y desenredar con un peine de púas anchas empezando por las puntas.

El acondicionador aquí no es un extra. Después del champú, la superficie del pelo queda con carga electrostática y áspera, y el acondicionador la alisa y reduce el roce entre unos pelos y otros. Eso se traduce en menos tirones al peinar y menos rotura. Si usas gomina a diario, el acondicionador debería ser parte fija del lavado, no algo ocasional.

Que no se acumule: la mitad del trabajo está en no ensuciar de más

Todo lo anterior se simplifica mucho si el producto no llega a formar costra. Tres hábitos ayudan:

  • Aplica la cantidad justa. Una vez seca la película, más gomina no da más fijación: da más residuo. Empieza con poco y añade solo si hace falta.
  • No duermas con el producto puesto. En la almohada la película se frota, se rompe y se mezcla con grasa, y por la mañana tienes una capa compactada que es la más difícil de quitar. Si no te apetece lavarte el pelo por la noche, al menos cepíllalo antes de acostarte.
  • Adapta el producto al día. Si solo necesitas sujetar un mechón, quizá te baste un fijador ligero en vez de gomina en todo el pelo. En el catálogo de fijadores puedes comparar formatos y niveles de fijación para no usar siempre el más fuerte.

Cómo saber si te has pasado o te has quedado corto

El pelo con restos de producto se delata solo: se seca apagado y sin movimiento, las raíces se quedan pegadas y al día siguiente aparecen escamas blancas que parecen caspa pero son la película rota. Si te pasa de vez en cuando, el problema está en el aclarado o en la falta de cepillado previo. Si te pasa siempre con el mismo producto, puede que su fórmula sea de las que resisten más el agua y te convenga probar otra: en la sección de marcas de fijadores puedes comparar opciones, y en las fichas suele indicarse si el producto es de lavado fácil.

El pelo lavado de más también avisa: chirría al pasar los dedos cuando está mojado, se seca esponjado y áspero, y el cuero cabelludo tira o pica. Ese chirriar significa que no queda nada de grasa en la superficie, ni la del producto ni la tuya, y es la señal de que toca bajar la temperatura del agua, la cantidad de champú o la frecuencia de los lavados profundos.

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